MARIANO MOLINA

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TEXTOS

Mariano Molina: revival provocador

Florencia Ortolani



1999 fue un año de inflexión en la promisoria carrera artística de Mariano Molina. Tras su paso por el grupo de análisis de obra de Luis Felipe Noé, obtiene la mención de honor del premio Palais de Glace a Nuevos Pintores. Respetable comienzo para este joven artista argentino recién egresado de la entonces Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. A partir de allí y fruto de un notable y prolífico trabajo, premios y reconocimientos se suceden año a año. Como la beca de la Pollock-Krasner Foundation en 2008 o la más reciente mención en el Salón Nacional de Artes Visuales 2014 con su obra Big Bang de la serie Rush.

 

Durante todos estos años Molina no ha dejado de experimentar y reinventar su trabajo. Su obra ha sabido atravesar y salir airosa de casi todos los géneros, pero siempre con una clara tendencia hacia la pintura, las herramientas de composición tradicionales y el uso casi exclusivo del aerógrafo. En este sentido, la gran aceptación de su trabajo entre público y jurados prestigiosos, estaría en estrecha relación con una bien lograda síntesis entre la tradición y los nuevos rumbos del arte en los albores del siglo XXI. Entre el revisionismo y la provocación. 

 

Su producción se encuentra en colecciones privadas, en galerías de arte y en intervenciones urbanas alrededor de Latinoamérica. Pero también al lado de la ciencia. Entre los años 2009 y 2011 gracias al subsidio del Leverhulme Trust, Molina junto a otro argentino, el neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga, realizaron un proyecto singular: trabajaron, cada uno desde su disciplina, la percepción visual frente a determinados estímulos. El resultado dio lugar a una exposición en la Universidad de Leicester, que suscitó interés incluso entre revistas científicas como Lancet Neurology. 

Este aspecto había sido explorado por Molina en El centro de las miradas de 2008 y aunque no pensara aún en términos neurocientíficos, sí pretendía guiar la percepción. En este trabajo monocromático de la serie Textuales, la mirada del espectador es conducida a través de una multitud extasiada fuera de foco hacia un punto perfectamente nítido y central. Encuadres de inspiración fotográfica y la figura humana, sobre todo inserta en masas homogeneizadas, son recursos extensamente explorados por el artista a lo largo del tiempo y a través de toda su producción.

 

En cada una de sus series ha cuestionado, implícita o explícitamente, los lugares comunes de la pintura. Así, en la serie Reflexiones, repone la noción de mímesis en el arte como dos realidades que se fusionan hasta hacerse inteligibles o bien descompone la imagen en unidades mínimas en la obra Pixeladas. El trabajo metadiscursivo se acentúa en la serie Con-sequences de 2007, en el que la búsqueda se orienta hacia la desestabilización de la escena enunciativa. Molina se representa a sí mismo cara a cara con el espectador al tiempo que trabaja en una obra virtualmente situada entre él y el público.

 

La representación del propio cuerpo del artista o sus manos reponen la deliberada ausencia de gestualidad producto de la técnica utilizada. La impersonalidad de las perfectas superficies logradas con aerógrafo es salvada por Molina anteponiendo su propia corporeidad. Su mano es la que señala, la que elige entre la multitud, la que manipula la humanidad apretándola como un papel. Su presencia, en última instancia, ha logrado reivindicar al artista. Finalmente, desde 2012, tematiza el tiempo y la simultaneidad a través de una conjunción formal de todas sus series anteriores. El movimiento y la volumetría se reponen en sus trabajos desde entonces para cuestionar el género de la pintura como clasificación estanca.

 

Ahora bien, el lugar exponencial del trabajo de Molina está en los muros. Sus intervenciones son las producciones de mayor condensación semántica. Siempre con aerógrafo, representa por lo general grupos de personas en movimiento inmersos en su rutina, que es la del transeúnte ocasional, o en tensionado reposo. Los tipos humanos se amigan con el entorno y no es lo mismo una representación en Brasil que una en Estados Unidos. Nexo de intercambio directo entre el arte y el público, estas intervenciones con reminiscencias del monocromático stencilalinean la obra cerca de un street art con intenciones de inclusión social.

 

Molina recupera críticamente construcciones del pasado con exigencias del presente. Y aunque la tradición es convocada permanentemente en su trabajo, no lo es para emularla sino más bien sólo para cerrar su ciclo hoy desde una cita. Un revival, en el sentido que le dio Oscar Steimberg. El salto al pasado y las normas existen en tanto rebelión motivada por requerimientos del presente, de búsquedas e inquietudes del propio artista en el devenir de su producción, siempre provocadora.